El miedo y los horrores son de lo más indispensables si se desea conocer en realidad al ser humano en su plenitud. Tal vez la ignorancia en la ciencia del conocimiento humano se deba al falso pudor de quienes no se han atrevido a escribir sobre de ello. Encadenados a sus prejuicios y temores, se limitan a relatar puerilidades que todo mundo conoce, sin aventurarse a bucear en los siniestros laberintos, plagados de fantasmas, del alma humana, ni a describir y a comunicar sus descubrimientos a sus semejantes.
Los góticos sí lo hemos hecho y lo hacemos, mas no todos. La prisión de la vida que delatamos es la imagen de la soledad de un universo habitado por las monstruosas criaturas que atormentan al espíritu. Los góticos somos en el fondo el símbolo de la incomunicación, de alcanzar una comunicación imposible, de reflejar toda esa pesadez que es la vida, todo el orgasmo que son los sentimientos, pero que tal parece nadie capta. En todo caso, los señalamientos que caen sobre los semejantes se convierten en placeres para nosotros.